Necesitamos tu contribución para que el corazón de la Escuela siga latiendo

Por Maria Inés Taracena

Escuela de Periodismo Auténtico, Generación 2016

Me topé con la Escuela de Periodismo Auténtico durante una época extraña de mi vida. El principio del 2016 fue interesante—una mezcla de frustración y melancolía al sentirme perdida en mi vida laboral y, por consiguiente, en mi vida personal. Para ese entonces ya había trabajado en el gremio periodístico durante casi cuatro años. Empecé ese camino con mucha ilusión y energía.

Para el 2016, me sentía derrotada. El periódico donde estaba llegó a convertirse en un lugar lleno de hipocresía—era un medio de comunicación que criticaba a Donald Trump pero al mismo tiempo discriminaba a las únicas dos mujeres escritoras, incluyéndome a mí, una inmigrante de Guatemala. Al mismo tiempo, fue allí en donde me enteré de la existencia de la escuela, ya que alguien trabajando en el periodico asistió hace algunos años. Fue ella quien me contactó con Greg “Gringoyo” Berger, más o menos hace un año, cuando la escuela estaba empezando una campaña para recaudar fondos. Lo lograron y a las pocas semanas mandé mi aplicación. Desde el proceso de aplicación me di cuenta que esta experiencia iba a ser sumamente terapéutica. Me obligaron a conocerme mejor, a no tener miedo a abrirme. El gran Al Giordano solicitó una entrevista conmigo, lo que resultó ser una plática por Skype en donde me avisó que me habían aceptado a la escuela. Lloré de la emoción, también tuve miedo.

La escuela marcó un antes y después en el 2016, realmente en mi vida adulta. Al llegar, le tenía pánico a la idea de compartir un espacio con docenas de personas que nunca había conocido. Siempre he sido una persona con muchos muros. Bueno, pues esos pinches muros se fueron a la madre el minuto que tuvimos nuestra primera sesión de terapia—al formar un círculo enorme en la hermosa aula—una estructura de piedras al aire libre—al decir nuestros nombres y al decir la razón por la que estábamos allí. Éramos de lugares tan distintos—yo, una guatemalteca viviendo en el desierto de Tucson, Arizona; Bolivia, Ecuador, México, Sudáfrica. El último día llegó demasiado rápido. La experiencia fue solamente una probadita de un mundo casi perfecto, con personas con las que, en muy poco tiempo, me sentí más unida que con muchos miembros de mi familia y amistades de años.

Fue un ambiente en donde no me sentí loca ni perdida. Los cerebros y corazones que conocí en la escuela son excepcionales. Me llenó de humildad y calor estar rodeada por gente tan talentosa—desde periodistas hasta activistas chingones que dan su vida por mejorar su mundo. Fueron cuatro días de completa empatía en un mundo que está invadido por la apatía. Fue ya hace casi un año que nuestros caminos se separaron, pero pienso en la experiencia constantemente. Pienso en todos constantemente.

Todavía siento esa sensación extraña en el pecho, creo que se llama amor, cuando platico de la escuela—tengo muchísimas ganas de repetir esos días. Me llena de satisfacción saber que la escuela es una obra que, a pesar de los tiempos difíciles, ha sobrevivido. La escuela ayuda a producir seres pensantes, con ganas de cambiar la narrativa de nuestro mundo, y necesitamos tu contribución para que ese corazón siga latiendo. 

Únete a la campaña en Kickstarter aquí o en la página authenticjournalism.org para aprender más sobre la escuela.

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