por Bill Weaver e Irasema Coronado
Luis Posada Carriles apareció en corte ayer para comenzar a presentar su caso de asilo y permanecer en Estados Unidos. Fortalecido y más enérgico que su audiencia de julio pasado, habló con una voz que revela su edad pero que apenas esconde la ferocidad que ha alimentado su vida como el quizá más prolífico terrorista en el hemisferio occidental. La baba caía frecuentemente de su boca, aún cuando incesantemente limipiaba sus labios con una servilleta: la consecuencia de balazos aparentemente asesinos a su rostro en Guatemala en 1991. Cuando los abogados del Departamento de Seguridad Nacional entraron a la sala, Posada inmediatamente para acomodar sus sillas, como un gracioso anfitrión haciendo espacio en su mesa a los invitados. Vestido en un traje naranja de presidiario y usando audífonos para la traducción, respondió las preguntas del juez William Abbott cortés, precisa y firmemente. Abbott preguntó a Posada si su solicitud de asilo era un recuento verdadero de los incidentes que relataba. Posada, con un chaleco a prueba de balas bajo su traje de presidiario, respondió en voz alta: Sí, señor, por supuesto.