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Reporter's Notebook: Claudia Espinoza

Bolivia: los desocupados se desnudan en la calle

La gente en La Paz asiste a un hecho insólito: los cuerpos de los desocupados, desnudos y colgados en las puertas de una iglesia. "´Señor, sólo queremos trabajo...", dicen hombres y mujeres sumidos en la pobreza y la desesperación.
Los efectos de las políticas económicas del neoliberalismo se sienten en la piel. En Bolivia, la tasa de desocupación en las ciudades llega al 14%, señala una organización no gubernamental. Septiembre comienza dramático con aire de más conflicto. Las calles de La Paz son testigo mudo de los cuerpos desnudos que exhiben los desocupados y desocupadas del país, como una “nueva forma de protesta”, dicen, ante la inexistencia de fuentes de empleo e ingresos para sus familias.  

La gente que los veía al frente de la Iglesia de San Agustín, no podía creer que en verdad los hombres se sacaban hasta los calzoncillos, mientras las mujeres se aprestaban a dejar las polleras y blusas en el piso. Luego ellos se colgaban de unos postes, ellas se sentaban al borde de las jardineras.

Bastaba con acercarse a pedir una declaración para que las lágrimas brotaran de sus ojos. Sus palabras sonaban a una mezcla de bronca, indignación y derrota, por no tener nada más que perder o entregar, mostraban sus cuerpos y gritaban entre sollozos que no tenían miedo a morir, “total, igual estamos muriendo de hambre”, mencionaba una madre soltera con seis bocas que alimentar.

A un lado, debajo de un árbol, tres mujeres de negro rezaban también llorando. “Señor, sólo pedimos trabajo...”, se podía oír. Dentro la Iglesia, 22 personas más se encuentran en huelga de hambre desde el 1 de septiembre, en versión desnuda. Los curas azorados por la medida, cerraron sus puertas, no dejan ingresar a nadie.

Un oficial de policía, recriminando al movimiento, los acusaba de ser “¡obscenos!”. La locura dentro del uniforme era absolutamente irracional para lo que allí se estaba viviendo. Dopados con ese mismo tipo de locura, fue que una noche antes, actuaron reprimiendo a los desocupados en la Plaza Murillo (centro del poder político).

El dramatismo de los desocupados —delegados de todo el país están cumpliendo la medida— expresa en carne viva los efectos del sistema perverso que rige en la economía y la sociedad. Hace pocos días no más, se recordaba el 19 aniversario del decreto 21060 que inauguró el neoliberalismo en Bolivia.

Luego vino el paquete de reformas estructurales o el llamado periodo de ajuste dictado por el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, que dejó un saldo nefasto en el país a partir de la privatización de las empresas estatales y de la “relocalización” (despido) de miles de trabajadores.

Una evaluación realizada por el Centro de Estudios para el Desarrollo Laboral Agrario (CEDLA) concluye que el neoliberalismo hizo de Bolivia más vulnerable, afectando principalmente a campesinos e indígenas.  

En términos de empleo —causa de la movilización de estos días— el CEDLA estima que este año, 35 mil personas engrosarán un ejército de desempleados que superará en total las 360 mil personas. A eso se suma que, por desaliento, más de 30 mil personas saldrán este año del mercado de trabajo y se convertirán en nuevos indigentes.

Perderlo todo

Todos, hombres y mujeres, entre la desesperación y el desquicio de perder  hasta la vergüenza más íntima... parecen no entender ni ellos mismos, ¿por qué llegar a estas medidas tan descarnadas? “Esta vida es una desgracia”, se oía en otra voz de mujer. Un poco más lejos, un desocupado hablaba al megáfono contrastando cifras entre el salario de un obrero y el de un ministro. Entre las ganancias de las petroleras y las pérdidas de los bolivianos.  

Ese es el desfase que se vive en un país como Bolivia: rico en recursos humanos, naturales y productivos, pero saqueado hasta la médula. Es la contradicción evidente de un pueblo hambriento capaz de exhibir sus cuerpos para expresar su necesidad vital y la letanía de la llamada clase política sentada cómodamente en las sillas del poder.

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