Frente a los grandes medios. Rumores y radios comunitarias

De Achacachi a Nayaf, recorre la misma ola de desconfianza cuando los medios de información intentan dar cuenta de situaciones de conflicto.

Pues dejando un poco de lado la versión capitalista y los intereses de las compañías que dicen producir comunicación, el fenómeno de la desconfianza hacia los “medios” bien puede ser visto específicamente desde la construcción del discurso periodístico en el que se advierte una tendencia casi constante en los últimos años: la criminalización de la protesta. De Achacachi a Nayaf, recorre la misma ola de desconfianza cuando los medios de información intentan dar cuenta de situaciones de conflicto. El fenómeno no es nuevo, surgió en el momento mismo que nacieron los “medios” como empresa privada.

El asunto se exacerba cuando los conflictos alcanzan un pico de atención máxima, y es precisamente cuando más demanda de información existe, cuando se agrandan los mitos de la mentira.

Pues dejando un poco de lado la versión capitalista y los intereses de las compañías que dicen producir comunicación, el fenómeno de la desconfianza hacia los “medios” bien puede ser visto específicamente desde la construcción del discurso periodístico en el que se advierte una tendencia casi constante en los últimos años, la criminalización de la protesta.

Tal enunciado va de la mano de lo que se podría entender como movimientos sociales o colectivos de hombres y mujeres que actúan en determinados momentos con una misma causa u objetivo, movidos por ciertas solidaridades que no responden necesariamente a un sindicato o dirigencia tradicional.

Con el tiempo, en el contexto de la globalización y el neoliberalismo, movimientos sociales y discurso periodístico han alimentado una relación dispar. Los movimientos no han hallado en los “medios” un espacio de expresión legítima y por tanto, no se sienten representados en ese discurso construido a la luz de sus propias condicionantes periodísticas [que además de subjetivas tienen que ver con la estructura económica y línea política del “medio”].

Achacachi: rumor y radios comunitarias

Habrá quien discrepe con la hipótesis señalada, pero como se mencionaba al principio, de Achacachi a Nayaf sobran ejemplos que ilustran la distancia discursiva entre movimientos sociales y periodismo, a tal punto que la acción colectiva y social se reduce a una visión criminal y delictiva de los actores, difundida por los “medios”.

Un acercamiento a algunas evidencias de este tipo de divorcio actual, remite a los testimonios de los/las periodistas que “cubren” la información en el lugar de los hechos, a diferencia de los periodistas de escritorio que suelen sacarle muy fácilmente conclusiones a la realidad.

Si empezamos por casa, desde el año 2000, la localidad de Achacachi en la provincia Omasuyus, se ha convertido en el símbolo de la lucha aymara frente al Estado boliviano, donde se ha puesto a andar la incontenible tecnología indígena en términos de discurso y acción.

En ese escenario, por un lado, los “medios” se sorprendieron por la capacidad organizativa y movilizadora de los bloqueos de caminos porque en la agenda mediática ese lado del país no existía. No era visible ni ese territorio ni sus habitantes, sus hábitos y menos el liderazgo de Felipe Quispe, el “Mallku”. Por otro, la acción del bloqueo expresaba un corte con la ciudad y toda la parafernalia que la constituye, incluyendo los “medios”. De ahí que no fuera una prioridad estar en contacto con ellos, ni facilitarles el acceso a la cobertura. Los periodistas que allí llegaron lo hicieron con bastante dificultad no sin atravesar trechos de riesgo personal en el camino.

En varios puntos de la carretera entre la sede de gobierno y el territorio aymara, se veía a periodistas detenidos dando largas explicaciones respecto del “medio” al que representaban, soportando insultos y amenazas de chicotazos.

Los aymaras más pacíficos justificaban las reprimendas argumentando: “es que la prensa sólo se acuerda de nosotros cuando hay sangre”. Sin duda, la incomunicación era palpable, el discurso de “las dos bolivias”, se concretizaba en la carretera.

Durante aquellos días, el movimiento aymara demostró que los “medios” eran dispensables como instrumentos de información, tanto hacia afuera como dentro de la organización comunal. Los reproches a los periodistas expresaban la ruptura con los “medios”: “para qué quieren ir a Achacachi, van a decir la verdad?”.

Al interior del movimiento, el rumor y las radios comunitarias con pequeños transmisores eran los “medios” más efectivos de comunicación de esa cultura oral. Nadie aparecía como autor de la información pero ella corría los caminos, organizando y movilizando a la gente.

Ya entonces, se percibía el estigma de la criminalización del movimiento. "Aquí la pobreza es grande pero cuando planteamos nuestras reivindicaciones, nos tratan de subversivos. Lo que pasa es que el gobierno no conoce la realidad. Nos dicen que es cosa política, claro que sí. Tenemos derecho a la política o ¿el gobierno no más puede hablar de eso? Tenemos nuestro pensamiento, ¿eso es delito?", preguntaba un hombre de la comunidad Ajllata Grande.

Durante ese periodo de rebelión, murieron cinco campesinos por la violencia estatal y un capitán del ejército, por la violencia comunaria. La del capitán fue ampliamente reportada en los “medios”, las otras pasaron casi desapercibidas. ¿Quiénes eran? ¿Qué hacían? ¿Qué historia de vida traían?

Luego de reinaugurada esa época, siguieron otras rebeliones con piedras en el camino. Se levantaron cuarteles indígenas en el Altiplano, se ejecutaron otros planes de lucha, pero se mantuvo la misma desconfianza hacia los “medios” y sus periodistas. Octubre del 2003, fue otro de los momentos que expresó ese distanciamiento.

El Alto: relatos de alerta en una radio local

Cuando la ciudad de El Alto llegó a condensar a todo el país -entre la defensa del gas y el petróleo y la indignación por la masacre de los aymaras alteños (64 muertos, más de 400 heridos, desparecidos y torturados)-, afloró con mucha notoriedad el desprecio hacia los “medios”.

La llamada Guerra del Gas en ningún momento fue enfocada como un proceso social. No fue investigada y más, la cobertura llegó al lugar de los hechos, otra vez, casi de forma inadvertida. Así sucedió en la masacre de Warisata, en septiembre del 2003, y mientras El Alto se erguía lentamente como un gran fortín, donde la gente preparaba palos y piedras para resistir balas. La prensa estaba ocupaba con otra agenda mediática.

Fue así desde que empezaron las movilizaciones y aún cuando ya habían caído los primeros heridos de muerte. El desconocimiento de esa realidad era evidente. En la zona franca de esa ciudad, el 9 de octubre, un joven acribillado, rápidamente fue bautizado por los “medios” como “vándalo”. Los vecinos y vecinas que se encargaban de recoger cuerpos, de conseguir sangre, médicos, de los velorios y entierros, gritaban a los cuatro vientos –frente a cámaras y micrófonos- que la prensa dejara de mentir, que ellos daban cuenta de la existencia del fallecido, “no era ningún vándalo”. Era cierto, ahí mismo estaba la viuda y el pequeño hijo, la familia y los amigos, sin embargo, ningún periodista se acercó a indagar algo sobre Ramiro Vargas.

Menos mal, una que otra isla aparecía en ese naufragio colectivo. Gracias a Radio Pachamama, por ejemplo, ubicada en El Alto, se pudo seguir casi por completo la arremetida contra el joven Ramiro. O se podía constatar que el suelo se movía, el 11 de octubre, a muy tempranas horas de la mañana. Los relatos alertas de esos periodistas permitían construir la imagen de una ciudad camino a la ebullición.

Aún así, pese al convencimiento de dar el micrófono a la gente para que hablara desde su perspectiva, los periodistas de Pachamama no se salvaron de las agresiones de un pueblo agobiado y en pie de lucha. Pero si esto pasó con esta emisora local, qué decir sobre el recibimiento que tuvieron otros “medios”...

Con el pasar de los días, durante esa semana, los “medios” se convirtieron en un espacio de disputa infranqueable. Por un lado, el Estado intentaba coparlo a toda costa, con sus emisarios que de principio a fin del conflicto, tildaban a toda la población alteña de “narcoterrorista” o “narcosindicalista”. Desde su butaca, el ex presidente Gonzalo Sánchez de Lozada se encargaba de hacer lo mismo a través de las emisiones de CNN. Por otro lado, la gente intentaba transferir su experiencia y decisión aún a través de los “medios” despreciados.

Para varios periodistas fue una semana de aprendizaje, tanto que algunos ocultaban su verdadera credencial para no ser hostigados. Fue la semana en la que esas famosas cartas de presentación y prestigio dejaron de representar al llamado “cuarto poder”.

Esta dimensión de la Guerra del Gas aún se mantiene bajo un oscuro manto, porque la sociedad, las organizaciones de periodistas, los “medios”, las facultades de periodismo, ninguna instancia reflexionó sobre lo vivido. Otra vez, los comentarios se quedan en algún café, algunos reducidos a peligrosas anécdotas.

Y cada tanto, seguramente volverán las distancias, la desconfianza hacia los “medios” y los periodistas como ocurrió hace pocos meses, en la localidad altiplánica de Ayo Ayo, donde la hostilidad hacia la prensa se reeditó sobre una reivindicación de verdad. El hecho originado allí –el ajusticiamiento del alcalde a manos de la gente- se quedó en historias contadas a medias reforzando la ruptura entre “medios” y comunidades. Ni el Estado ni los “medios” se dieron a la tarea de investigar lo sucedido, todo lo contrario, la justicia ordinaria procedió a criminalizar nuevamente a los pobladores, líderes y organizaciones sociales. Hoy, ya son 10 los presos por el caso, incluido el dirigente Gabriel Pinto, del Movimiento Sin Tierra. Y así se van coleccionando dirigentes en las cárceles, otro ejemplo lo conforman el colombiano Francisco “Pacho” Cortés y los cocaleros acusados de forjar guerrillas en Bolivia.

Al otro lado del mundo

Con sus propias características, al otro lado del mundo, Irak es otro centro que emana desconfianza cuando de cobertura periodística se trata. Desde que, el año pasado, empezó la ofensiva militar de los países aliados –al mando de EEUU- nubarrones de medias verdades envuelven la información que proviene de ese país árabe.

La articulación entre el 11-S y las Torres Gemelas, Afganistán, Irak y, desde hace 50 años, Israel, devino en escenarios de guerra con una dinámica que en minutos puede cambiar verdades en mentiras, o viceversa.

Harto se ha cuestionado la validez de la información que aparece en los “medios” oficiales adscritos al imperio y por tanto, dominantes. A la par, cada vez es más cuantiosa la información que –principalmente vía internet- intenta romper esa hegemonía imponiendo otros enfoques y tratamientos de los hechos. En realidad, desde el inicio, la llamada guerra estuvo signada por la duda. Y quizá por sus implicaciones internacionales, la actuación de los “medios” llegó a niveles dramáticos.

Recordemos el caso de la cadena BBC de Londres y el profesor David Kelly, quien terminó en el cementerio después de haber hablado con un periodista de la cadena, en sentido de que Inglaterra no había encontrado evidencias suficientes de armas de destrucción masiva para iniciar la invasión. Después de que el periodista usara esas versiones extraoficiales —resguardando su fuente— para sustentar que el primer ministro Tony Blair había mentido al mundo, fue obligado a revelar la identidad de su informante. Resultado del intento de decir la verdad: se armó tal escándalo que el profesor Kelly no resistió la presión y al parecer se suicidó.

Hoy la BBC intenta vender sus acciones de BBC Worldwide, a las compañías estadounidenses Walt Disney Corporation, Bertelsmann y Time Warner como consecuencia de la investigación interna que siguió al informe del juez Brian Hutton, tras el suicidio. En ese informe se acusó a la BBC y criticó al programa radial BBC Today, por haber acusado al gobierno de "hacer más sexy" los dossiers de armas iraquíes.

Este no es el único caso, existen otros en cancha opuesta. La cadena británica Sky News fue multada con 70.000 euros (aproximadamente 87 mil dólares) por falsear una información en la que utilizó imágenes de archivo alegando que eran en directo. Eran imágenes del lanzamiento de misiles.

En julio pasado, el autor de la noticia, James Forlong, dimitió porque fue acusado de falsear el reportaje y un tiempo después también se suicidó.

Este tipo de hechos provocó más de una reacción sobre el papel de los “medios” y los corresponsales de guerra, movidos por cierta vocación, pero también (a veces principalmente) por la competencia mediática. Ahí se pierden los escrúpulos y la ética.  

En una reunión organizada por la Universidad de Chile, realizada para analizar estos temas, Walter Sánchez, profesor del Instituto de Estudios Internacionales expresó su rechazo a que corresponsales de guerra acompañen a los militares para poder cubrir la noticia. Para el experto esta práctica es un grave error que juega en contra de la libertad de expresión. Se crea una suerte de compromiso con uno de los bandos.

¿Qué dicen los periodistas? Raúl Sohr, periodista partícipe en el evento considera que se crea una relación más cercana con los soldados y se pierde la objetividad. Pero afirma que el fenómeno es positivo, pues los reporteros funcionarían como “fiscales”, lo que obligaría a los militares a comportarse frente a las cámaras y a no cometer excesos. Tal vez haya que estar en el campo de batalla para opinar, sin embargo, el hecho de que muchos periodistas hayan estado incrustados entre las tropas, no disminuyó ni la desconfianza hacia los “medios” ni los excesos cometidos por los oficiales.

En Bagdad, Basora, Falluja o Nayaf, el poder político y militar justificó la invasión a título de una cacería de “extremistas musulmanes” o “terroristas fanáticos”  que habrían provocado el atentado del 11 de Septiembre. El supuesto cabecilla, Bin Laden, nunca fue hallado. Y, a los pocos meses, en lugar de una reconstrucción pacífica con un pueblo aparentemente dominado, empezó a articularse la resistencia iraquí que hoy tiene en jaque a los aliados. ¿Cuál de las grandes cadenas observó que ese tipo de resistencia nacía en los propios barrios, se alimentaba de la furia hacia el invasor y reclutaba cada vez más “soldados” dispuestos a entregarlo todo por fe y dignidad? ¿El mundo conoció los comunicados que advertían la nueva guerra?

La historia parece repetirse en Achacachi o Nayaf. Finalmente habrá que preguntarse si los periodistas en ejercicio, pueden ser parte de los movimientos sociales en conflicto —si acaso no sólo relatan sino viven en carne propia las injusticias del sistema político y económico—. En el mundo hay cada vez más experiencias que cuentan del nacimiento de un “periodismo activista”, le dicen algunos, o de un “periodismo militante”, le dicen otros. Y no se trata únicamente de hombres y mujeres que salen de las universidades con la grabadora ávida de constituirse en arma de la palabra, es gente común y corriente cansada de oír y ver mentiras. Así se va aglomerando un nuevo ejército con “hambre de verdad o de verdades”, dispuesto a hacer la “cobertura informativa” aún estando lejos de una redacción.

Por otra parte, ¿el periodista que habla de derechos, lucha por ellos como lo hacen los movimientos sociales? En Bolivia, hace pocos días la acción colectiva de un grupo de periodistas logró la restitución de varios despedidos de un medio de información, propiedad de una transnacional. Esta bien puede considerarse una forma de recuperar derechos laborales, pero también de asentar un principio de lucha junto a los movimientos sociales. En otras palabras, ¿es correcto que aquel que reclama, se organiza y se moviliza sea bautizado como delincuente, narcoterrorista o extremista? No es tan simple construir un discurso periodístico que intente acercarse a la verdad, pero tampoco es tan complejo que no permita alejarse de la mentira.

* Este artículo fue publicado en la Revista Barataria, No1, La Paz, Bolivia, octubre 2004.

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